Mártires de Sigüenza y Fernancaballero
Los Mártires de Fernancaballero son un grupo de catorce jóvenes semaristas en vísperas de ser ordenados sacerdotes, cuyas edades oscilaban entre los 20 y 26 años, y el Hno Felipe González (47 años).
En la Causa de Beatificación les acompaña el P. José Mª Ruiz Cano (29 años), protagonista de una emotiva historia martirial en la ciudad de Sigüenza. A todos ellos, dieciséis en total, el Santo Padre Benedicto XVI, con fecha 1 julio 2010, los reconoció como mártires de la Iglesia por haber testimoniado su fe con la entrega de su vida. La ceremonia de beatificación se tendrá conjuntamente con la de un grupo numeroso de mártires cuyas Causas están pendientes de aprobación.
La Causa de beatificación lleva el siguiente encabezamiento: Siervos de Dios José María Ruiz Cano, Jesús Aníbal Gómez Gómez, Tomás Cordero Cordero y 13 compañeros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María (Claretianos), asesinados por odio a la fe.
El P. José Mª Ruiz es el único sacerdote en esta Causa, Tomás Cordero era el seminarista de mayor edad, y Jesús Aníbal Gómez era colombiano que, a pesar de exponer ante los milicianos su condición de extranjero, fue fusilado sin consideración alguna.
Los hechos del martirio sucedieron en dos sitios distintos, Sigüenza (Guadalajara) y Fernancaballero (Ciudad Real), pero fueron recogidos en una misma Causa. No es la distancia geográfica la que cuenta aquí, sino la coincidencia en las mismas ilusiones juveniles llenas de fe y de generosidad, truncadas en ambos lugares con la misma violencia. Por ello, la Causa es conocida también como Causa de los Mártires de Sigüenza y Fernancaballero.
Como todas las causas de martirio, la Causa de los Mártires de Sigüenza y Fernancaballero es una historia de odio que mata y de gestos de perdón y de amor de las víctimas hacia quienes les arrancan la vida. Una historia de grupo que recoge 16 historias personales ajustadas a la no fácil lógica del Evangelio: si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto; el que pierda su vida por mí, la ganará para la vida eterna.
Con la cruz desde Zafra a Fernancaballero
La atmósfera de violencia contra
los moradores del Seminario Claretiano de Zafra comenzó apenas acabadas
las elecciones de febrero de 1936. A finales de abril el Padre Provincial
ordenó abandonar la casa y marchar a Ciudad Real. La nueva morada era un
caserón desprovisto de todo y en medio de la ciudad; un lugar propicio para
sufrir sacrificios hasta entonces nunca probados.
Jesús Aníbal Gómez, colombiano, escribía así a los suyos:
“No tenemos huerta, y para el baño nos las arreglamos de cualquier modo... De paseo no hemos
salido ni una sola vez desde que llegamos: de hecho guardamos clausura estrictamente papal;
así nos lo exigen las circunstancias. Por lo dicho, pueden ver que no estamos en Jauja y que algo
tenemos que ofrecer al Señor”.
Se respiraba ambiente de
martirio, y pronto se vieron sorprendidos por el asalto a la casa. El P.
Superior escribirá más tarde: “Cuatro
fueron los días de prisión para las catorce víctimas propiciatorias que fueron
sacrificadas el día 28 y seis para los restantes. Decir lo que en estos días
tuvimos que sufrir es cosa de todo punto imposible.” Las cosas fueron
empeorando en aquella cárcel en que se había convertido la propia casa, hasta
el punto de que “trajeron mujerzuelas y
las veíamos con los bonetes y los ornamentos paseando y asomándose provocativamente
a nuestras habitaciones... Todos estábamos preparados para la muerte, que la
veíamos muy cerca... Se sufrían las vejaciones y las privaciones con
resignación y mansedumbre y conmiseración para con los perseguidores.”
Intentando salir de aquel lugar de suplicio, el P.
Superior pudo lograr salvoconductos para ir todos a Madrid o adonde les
conviniera. La primera expedición para Madrid se preparó para el día 28 de
julio. En ella iban nuestros mártires. Se despidieron de los que quedaban. ¡Que tengáis feliz viaje!, les dijeron.
Fueron a la estación de Ciudad
Real en varios coches y acompañados por milicianos. Al llegar se armó un gran
alboroto y se oyeron voces de: ¡A
matarlos. Que son frailes. No les dejéis subir. Matadlos! El tren pudo
arrancar sin mayores sobresaltos, pero las amenazas se cumplieron a 20 kms de
la capital, en la Estación de Fernancaballero.
Antigua Estación de Ferrocarril de Fernán
Caballero
y Memorial a los Mártires
Un viajero del mismo tren
cuenta así lo que vio:
“Ordenaron a los frailes que
bajasen, que habían llegado a su sitio. Unos bajaron voluntariamente diciendo:
Sea lo que Dios quiera, moriremos por Cristo y por España. Otros se resistían,
pero con las culatas de los fusiles les obligaron a bajar. Los milicianos se
pusieron junto al tren y los frailes frente a ellos de cara. Algunos de los
frailes extendieron los brazos, gritando ¡Viva
Cristo Rey y Viva España! Otros se tapaban la cara. Otros agacharon la
cabeza. Uno que era muy bajito daba ánimos a todos. Empezaron las descargas y
todos los frailes cayeron al suelo… Al incorporarse, algunos con las manos
extendidas gritaban ¡Viva Cristo Rey!;
volvieron a dispararles y cayeron.”
Entre el montón sangrante de
los cadáveres, Cándido Catalán quedó gravísimamente herido y moriría horas más
tarde: “Presentaba aspecto de una
resignación asombrosa, no profería queja alguna…”, dijo de él el médico que
lo atendió en la Estación.
Es obligado poner de relieve
que en medio de tanto dolor no faltaron ángeles del consuelo. El P. Federico
Gutiérrez, en su librito Mártires Claretianos de Sigüenza y
Fernancaballero, recoge la confidencia que Carmen Herrera, hija del
Jefe de Estación, le hizo: “Yo y la mujer
del Factor, Maximiliana Santos, ayudamos a los médicos a curar al herido. Yo
puse agua caliente para lavarle las heridas y la mujer del Factor facilitó una
sábana para hacer vendas. En la Estación yo le di de beber...” Bello gesto
que recuerda el consuelo ofrecido a Jesús camino del Calvario.
El Hno Felipe González de Heredia había quedado en la capital,
refugiado en casa de su hermano Salvador... Descubierto, fue llevado a la checa
del Seminario en donde permaneció hasta que el día 2 de octubre le sacaron para
llevarle en un coche hasta Fernancaballero. El viaje lo realizó sentado entre
dos milicianas que con una navaja le amenazaban y pinchaban añadiendo: “Así te
vamos a matar; con estos perros no hay que gastar pólvora”.
Al parar el coche en la puerta
del cementerio, el Hno Felipe se subió en el escalón de la puerta, se puso en
cruz y gritó ¡Viva Cristo Rey y el
Corazón de María! Una descarga de fusil acalló su voz.
Un testigo, que casualmente
viajó en el mismo coche en que iba el Hno y fue testigo, dijo después: Yo noté
que el Hermano iba muy sereno en el coche y el grito de ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! lo dijo con energía.
José Mª Ruiz Cano, mártir de Sigüenza
El P. José Mª Ruiz Cano es el
único sacerdote del grupo de Mártires de Sigüenza y Fernancaballero. Nació en
Jerez de los Caballeros (Badajoz) en 1906 y fue ordenado sacerdote en junio de
1932. Después de un año de ensayo ministerial en Aranda de Duero (Burgos) fue
destinado como formador al Seminario Claretiano de Sigüenza. Allí le
encontraron los trágicos días de persecución como responsable de un grupo de 60
seminaristas, cuyas edades oscilaban entre los 12 y los 16 años.
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Sigüenza había sido un remanso de
paz hasta que la situación se hizo extremadamente difícil el día 25 de julio en
que el Obispo y cuatro claretianos fueron detenidos y condenados a muerte. Ante
estos acontecimientos, el P. José Mª reunió a sus seminaristas en la capilla,
“sería la una de la tarde”, dice el cronista, para ponerles al tanto de la
situación. -“Quiso animarnos, pero no pudo contener las lágrimas”. -“No pasa nada, pero para prevenir lo que
pudiera pasar, he de comunicarles con profunda pena que el Colegio queda
disuelto por algunos días. No lloren. Por ahora no pasa nada. Los Superiores
han acordado esto por precaución… Irán saliendo en grupos hacia los pueblos
inmediatos, puesto que todos se han ofrecido a darnos hospedaje…” |
Presidiendo esta escena de tan
difícil descripción se hallaba una hermosa imagen del Corazón de María con el
Niño en brazos. Hacia ella dirigió el Padre su plegaria: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Acordaos que soy todo vuestro,
conservadme y defendedme como cosa y posesión vuestra”. Y luego, de
rodillas y con los brazos en cruz tendidos hacia la Virgen, exclamó: “Si queréis, Madre, una víctima, aquí me
tenéis; escogedme a mí, pero no permitáis que suceda nada a estos inocentes que
no han hecho mal a nadie”.
Comenzó el éxodo del pequeño
Seminario. El Siervo de Dios se puso al frente del grupo de los más pequeños.
-¡Adiós, Padre, hasta pronto!, le despidió el Hnº Víctor. -¡Hasta el cielo!, contestó el Siervo de
Dios, y emprendió el camino de Guijosa, a unos 7 Kms de Sigüenza.
Entraron en Guijosa al anochecer
y fueron recibidos con los brazos abiertos por el párroco y todo el vecindario.
Alguien propuso al Padre que los niños estaban a salvo y para él era mejor huir
y salvar la vida. La respuesta, repetida varias veces, fue siempre la misma: -“Aunque me cojan y me maten, no dejo a los
niños”.
A Guijosa fueron a buscar al
“Padre de los niños que habían huido de Sigüenza”. El día 27, “un poco antes de
comer se presentaron en el pueblo siete autos de la F.A.I. Un miliciano de
Sigüenza dijo: -Ése es el Padre; y el Padre exclamó: -“Virgen del Carmen, salvad a España; muero contento”.
Durante una hora lo tuvieron
retenido en un coche flanqueado por dos milicianas. Los seminaristas iban
reuniéndose alrededor,... -“No temáis, no
pasa nada. Muero contento”, decía el Padre a los muchachos.
En éstas, unos milicianos que venían
de profanar la iglesia, traían de mala manera una imagen del Niño Jesús. Con
desfachatez se lo arrojaron al P. José Mª, diciéndole: -“Toma, para que mueras bailando con él”. El Padre lo apretó
amorosamente sobre su corazón. Pero el miliciano se lo arrebató bruscamente y
lo arrojó contra el suelo.
El coche echó a andar… el Padre
se despidió diciendo: -¡Adiós, hijos
míos!, y los bendijo. Pronto se detuvo la caravana en el término del monte
del Otero, a medio camino entre Guijosa y Sigüenza. Una voz ordenó al P. José
Mª que bajara. El Padre entendió la orden, perdonó a sus enemigos y emprendió,
peregrino del cielo, la subida al Otero.
Sonó una descarga de fusiles y el
Siervo de Dios se desplomó en cruz. Era la una de la tarde del 27 de julio de
1936. Uno de los milicianos comentaría más tarde: “Como aquel fraile que estaba con estos chicos, que aún decía que nos
perdonaba cuando le íbamos a matar”.
En la falda del Otero, en el
lugar del martirio, está clavada una cruz para perpetua memoria.